jueves, 27 de septiembre de 2012
martes, 5 de junio de 2012
El hombre del traje gris.
El tipo, al verme venir, corrió la punta de su saco que invadía mi mitad del asiento doble.
- Si, ¿no viste como estaba en pizarra hoy el dólar? Pasa que en Brasil subió mucho entonces también acá va a seguir subiendo...
Paré la oreja. Tenía que comprar dólares al otro día para comprar un aparatejo; se me ocurrió que podría cambiar algún peso más y sacarle algo de rédito a la charla -o monólogo, para mí- (luego de pensar sobre esta ocurrencia me sentí muy mezquino y se me ocurrió que quizás fuera la excusa perfecta que precisaba para escuchar atentamente una charla y no sentirme un fisgón... pero en fin).
La voz del hombre resonaba en el óminibus; pausada, algo afeminada, hasta familiar. "Un porteño" pensé, y lo miré de reojo. La palabra "Business" y otra que no pude distinguir titulaban el libro que sostenía contra su falda, "third edition" decía en la parte de abajo, lo que de algún modo legitimaba su misterioso contenido y a mi misterioso compañero de asiento de ómnibus.
- ¿QUÉ?... ¿Pero cuando se hace operativo eso?... Ah.... ¿Cuántos puntos? -chasquéo la lengua- Ah, no, no es nada, por más que el IVA baje el dólar va a seguir subiendo... Si, pasa que la cantidad de operaciones en dólares....
Se me hizo muy difícil entender lo que dijo después y me distraje, incluso es posible que esté cometiendo algún error al transcribir sus dichos de memoria. Miré hacia la ventana, a mi derecha, y disimuladamente pude ver su perfil. Rondaría los 35 años, vestía un saco gris y corbata amarilla. Un yuppie tipo.
- Acá bien, pasa que la gente anda como loca en la calle porque hace unos días mataron a un hombre en La Pasiva. Horroroso, mamá.
A mí, que me pone muy incómodo mantener conversaciones en voz alta en los ómnibus ya sea por celular o en vivo (y más con la vieja), me despertó algo cercano a la admiración la falta de vergüenza del hombre.
- Hubo muchísimos robos esta semana y la verdad que la gente está harta. Ayer se juntaron dos mil personas a reclamarle al gobierno, mamá. Porque los están matando. Los están ma-tan-do.
Lo miré nuevamente. Quizás me equivocara pero a juzgar por la cantidad de frases hechas no parecía el tipo de persona con una opinión muy elaborada del tema, que en esos días ya estaba en boca de todos... Imaginé que con suerte el contacto más real que había tenido esta persona con los asaltos había sido la baja en algún indicador X muy determinante para las inversiones en locales gastronómicos y de algún modo muy importante para su bolsillo.
- Si.... si, mamá, lo que vos quieras p... .. no, no...... pasa que... ¿otra vez con el dis-cu-rsito-de-siem-pre?...
Entendí que la madre no estaba de acuerdo con él. Me quedé sin saber si era porque creía exagerados los dichos de su hijo o porque era partidaria de tomar medidas tan drásticas que despertaban su indignación.
"- ¡Que hay que matarlos a todos, te digo!
- ¿Otra vez con el discursito de siempre?"
Podía ser, pero no...
En ese momento mi pintoresco compañero de asiento levantó un poco la voz. Lo que dijo a continuación fue lo que me decidió a escribir sobre el episodio, decidí anotar la frase para que no se me olvidara.
- Pasa... lo que pasa, mamá, es que hay una mala consección (sic) en todo esto y es que el gobierno si no da garantías... Si... si, Bonomi.... además ¿vos viste lo que dijo la mujer, no?
Cerré los ojos y me dejé llevar por el traqueteo del ómnibus. Los asuntos de la agenda binacional fueron pasando como las paradas, Topolasnky, Rodó y Requena, Jorge Batlle, Rivera y Ponce, el dragado del río... El tipo era un flash de noticias, estaba seguro que si me despegaba del asiento lo suficiente podría haber visto a Traverso o a Fernando Vilar en el fondo de sus pupilas pensándolo, y mi compañero siendo pensado, complaciente y ausente a la vez.
- ¿Y que me decís que a Boudou lo encontraron culpable?... Por enriquecimiento ilícito, no se, pero parece que hizo un montón de plata.... No, no, ahora es el vice de Cristina, mamá... Es tremendo, mamá. Si... y hablando de todo un poco hoy me corté el pelo.
"La nota de color, para al final", me dije, sonriendo irónicamente. La siguiente era mi parada, me paré y aproveché a darle una última mirada no ausente de desprecio al objeto de mis razonamientos y prejuicios.
Me bajé del ómnibus, sintiéndome un poco hijo de puta.
domingo, 27 de mayo de 2012
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En estos tiempos de accesibilidad infinita al consumo de libros, revistas, series, y demás, se hace necesaria más que nunca una enorme rigurosidad a la hora de decidir a qué le vamos a dedicar nuestro precioso tiempo finito. Eso, o ser sepultado por el torrente de posibilidades, de hiperinformación.
martes, 24 de enero de 2012
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Se mira y no se toca.
Cuando camino por el centro y es de tarde, se me da por pensar en la tristeza
de los locales. No por los más olvidados y mugrientos (los muertos), sino por
los que parecen recientemente abandonados o en un estado de semiutilización
confusa. A esa hora, con el sol tan de costado peleando con la luz muerta de
adentro, se me ocurre que es muy fácil empatizar con el local y sentir la disposición del mobiliario como algo
asfixiante que quiere dejar ver, todavía, el ventanal. Por más que esté del lado de acá siento ese olor sofocante y cargado de los cuadros de De Chirico. En ese momento me vienen algunos
recuerdos: una extinta galería del Salvo, los paseos infinitos en ómnibus, el
resplandor de las luces y el magnífico chivo de luz. Las publicidades creo recordarlas más adustas y las letras más
filosas: la del kiosko veintidós siempre me dio un miedo terrible por
sus vértices de uñas de bruja, sobre el final del recorrido; recuerdo también su antítesis, la de coca-cola, que nos sonreía a todos maternalmente, hasta con dientes
prestados de símbolos desconocidos. Ahí fue cuando me di
cuenta que los números, así como las letras, tienen caras; y que letras tiene
cara de tipo inteligente y como tiene cara de tonto. Otro recuerdo
importante son los viejos: durante el viaje de vuelta este pendejo laico,
privado y obligatorio, quedaba encantado por el gesto osado, por el perturbador
dibujo en el aire de los que se persignaban, que se me hacían todos muy viejos. Un día se me dio por contarlos
para hacer el viaje menos aburrido, el conteo no se reiniciaba nunca y
siempre me acordaba la cifra de la tarde anterior; llegué a mas de cien, hasta
que un día perdí el interés (me lo habrán explicado, supongo) y después la
cuenta.
Así como perdí aquella cuenta también pierdo esa sensación del recuerdo, de vuelta en la calle, distraído por una mujer que justo cruza
la calle hacia un portal y que en un rápido gesto libera un manojo de llaves del bolsillo
trasero del pantalón. O por el sombrero peludo de una señora que sale
encantada del Galpón y hace puerta y socializa con otras viejas de sombreros
peludos mientras se fuman un cigarrillo, mientras se convencen de que el desnudo del final fue algo absolutamente necesario. O por alguna
mujer inquieta frente a una vidriera que intenta retener marcas,
precios y cuotas, y que por su palpable excitación uno la supone recién casada
y ávida de electrodomésticos y cosas.
Pero volví a eludir el tema, decía que pierdo fácil esa sensación de las
tardes de la niñez, y que escribiéndola y reescribiéndola posiblemente la arruine
del todo pues la escritura me obliga a repensar lo sentido, construyendo
miserablemente cosas sobre las ya levantadas. Luego, en un intento confuso no sé si por inmortalizarla o por exorcisarla y en respuesta a la formalización de la mente adulta, me convenzo de que la terminaré escupiendo del todo cuando termine de escribir esto,
para no dejarla volver, para no seguir confundiendo las cosas.
Aunque después se me ocurre que aún así seguirán presentes, que la
voluntad y el convencimiento en este tipo de cosas no existe, y que a ese subterfugio solamente se
entra y no en cualquier momento. Se me ocurre que voy a seguir cautivo de las
tardes, los colores, y la soledad del centro, buscando esas correspondencias
sin saberlo. Y que la próxima vez que pasee por esa esquina voy a aguantarme las ganas de
entrar en esa empresa de viajes de nombre fantasma para irme a pensar en
estas mismas nostalgias desde la selva misionera o desde el desierto santiagueño.
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